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Zugarramurdi, el pueblo de las brujas

Zugarramurdi, el pueblo de las brujas

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Akelarre en vasco significa «prado del macho cabrío», pero tiene un sentido mucho más oscuro que la simple localización de un lugar. Esta es la palabra que comúnmente se utiliza para denominar las ceremonias de invocación al diablo. Así lo explica Míriam del Río en su libro Turismo Dark.

El origen del término se establece en Zugarramurdi, un bello paraje repleto de frondosa vegetación en la comarca navarra de la Xareta, muy cerca de la frontera francesa, y debe su popularidad a la acusación inquisitorial que, en el siglo xvi, sufrieron algunos de sus vecinos. Corría el año 1610 cuando una vecina de Zugarramurdi afirmó haber visto en sueños a algunos vecinos del pueblo participando en una ceremonia demoníaca en la cueva de la regata Infernuko Erreka, que significa «regata del Infierno». Esa denuncia inició una vorágine de acusaciones que llegaron hasta el Tribunal de la Inquisición de Logroño y terminaron con el arresto de más de cincuenta personas.

La leyenda cuenta que las brujas de la zona se reunían allí para realizar ritos paganos y diversas ceremonias secretas, en la Sorginen Leizea, o Cueva de las Brujas, una gruta natural horadada por la corriente de agua de la Infernuko Erreka que perfora la cueva a lo largo de 120 metros y que le ha proporcionado su seductora apariencia.

La brujería no se consideró un problema hasta el siglo xv, momento en el que, supuestamente, se detectaron sus primeras influencias demoníacas. Por este motivo, el papa Inocencio VIII envió a dos dominicos al norte de Alemania en busca del origen del mal. Efectivamente, los miembros de la orden volvieron con una increíble recopilación de historias transcritas en un libro al que llamaron Malleus Maleficarum, o El martillo de las brujas, en el que se afirmaba que la brujería era un mal real y que sus adeptos raptaban y devoraban niños, copulaban con demonios, controlaban las tormentas, atacaban al ganado y podían volar.

Por supuesto, ninguno de los acusados en el Juicio de Zugarramurdi tenía tratos con el demonio ni realizaba ningún ritual satánico: algunas personas, a causa de sus creencias en los mitos antiguos fueron acusadas injustamente. Cabe destacar, sobre todo, que las mujeres del proceso fueron acusadas debido al conocimiento ancestral que tenían de la naturaleza y que empleaban para la elaboración de remedios y cura de enfermedades. Esas fueron las causas que incitaron las acusaciones de los vecinos, la mayoría de ellas infundadas, fruto de envidias y resentimientos. En aquella época, se sentía más temor al vecino que al propio Tribunal de la Inquisición. Una vez que se recibía la acusación, fuera verdad o no, era muy difícil zafarse de la persecución del Santo Oficio. Una de las peculiaridades del proceso consistía en señalar a la víctima como culpable hasta que se demostrara lo contrario. Además, el Tribunal no divulgaba las razones de la detención, por lo que la tortura psicológica estaba servida. El preso podía pasarse meses encerrado en prisión hecho un mar de dudas acerca de lo que debía confesar.

Los interrogatorios a menudo iban acompañados de torturas, la primera de las cuales consistía en colocar al acusado en conspectu tormentorum, es decir, colocado frente a los instrumentos de tortura para lograr así una rápida confesión. Si esto no funcionaba, se procedía con algunos de los martirios más habituales: con la «garrucha» colgaban al desdichado prisionero de una polea para dislocarle brazos o piernas; con la «toca» le introducían un paño hasta la garganta y vertían agua para simular el ahogamiento (algo parecido a lo que utiliza la CIA en algunos de sus interrogatorios). También podían sujetar al reo en el «potro», una especie de banqueta con unas cuerdas que, poco a poco, se ceñían más al cuerpo y provocaban desgarros y profundas heridas en la piel.

Si el acusado sobrevivía a estas torturas le esperaba el Auto de Fe, una ceremonia pública que se celebraba en la plaza principal del pueblo y en donde el tribunal se reafirmaba en su sanción. En este punto, el recluso tenía la opción de abjurar, para, en algunos casos, conseguir el perdón. El resto era ajusticiado sin misericordia ninguna. En el auto de Zugarramurdi, 21 personas fueron acusadas de delitos menores, 21 fueron perdonadas y 11 condenadas al fuego purificador. Este Auto de Fe tuvo gran eco en toda Europa y fue el que otorgó el calificativo de «Pueblo de las Brujas» a Zugarramurdi.

EVOLUCIÓN DE LA INQUISICIÓN

La Inquisición prevaleció durante cuatrocientos años hasta que se fue suprimiendo por fases y se abolió oficialmente en 1834. ¿Significa eso que la Inquisición no existe hoy en día? No, la Inquisición existe, tan solo ha cambiado su impopular nombre. Se la conoce como Congregación para la Doctrina de la Fe y tiene su sede en Roma. De hecho, el papa emérito Benedicto XVI pertenecía a ella.

No se sabe exactamente cuál es el cometido de esta congregación en la actualidad, sus procedimientos siguen siendo secretos y los autos no pueden ser consultados por los inculpados, algo inconcebible en el siglo xxi, ya que esto es un derecho garantizado en cualquier sociedad democrática. Es por esta razón que el Vaticano no puede firmar la Declaración de Derechos Humanos del Consejo de Europa.

SOBRE LA AUTORA

Nacida en Barcelona en 1980, Míriam del Río es licenciada en la Universidad Ramón Llull de Periodismo y especializada en temas culturales e históricos. Colabora con diversos medios de comunicación sobre el mundo del cine, la arqueología y la historia, y compagina esta faceta con otra de sus grandes pasiones, guiando a viajeros por el mundo.

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